Reflexión Bíblica
"Por la fe en Cristo Jesús todos ustedes son hijos de Dios, y por el bautismo, han venido a estar unidos con Cristo y se encuentran revestidos de él. Ya no importa ser el ser judío o griego, esclavo o libre, hombre o mujer; porque unidos a Cristo Jesús, todos ustedes son uno solo". (Gálatas 3:36-29)
Este texto, una de las epístolas más antiguas, en la historia del cristianismo, marca lo que es su esencia: reconciliación con Dios por medio de la fe en Jesús, y reconciliación con todo el género humano. Es a la vez una declaración de equidad y justicia, en el propósito y la intención original de Dios de restauración de la condición caída del ser humano. Rompe con todo el legalismo de aquellos que consideraban su relación con Dios, por la observancia de los ritos religiosos y la observancia de la Ley de Moisés, su raza y su sexo. Una oración que hacían los fariseos decía: "Te Doy gracias, porque no soy gentil, ni esclavo, ni mujer". Ellos se consideraban el pueblo de Dios, y no consideraban a estos excluidos del texto como hijos de Dios…
Hoy en día sucede también. Muchas personas dicen tener fe en Jesucristo, se jactan de su religión, e independientemente de su edad, han sido bautizadas e incorporadas a una comunidad cristiana. Ven estas palabras de creer y ser bautizadas como algo mágico, como la llave de la felicidad que les libra de toda suerte enfermedades, "del mal de ojo" a los niños, de la muerte, y les da la potestad y de gozar de todos los beneficios de su comunidad. Una gran mayoría, no tiene en cuenta las profundas implicaciones de vivir el pacto de esa fe y ese bautismo, del que San Pablo proclama. Se tiene una mentalidad religiosa, pero no han tomado consciencia de lo que es ser cristiano. Hacen distinción excluyente por al condición, de su raza, sexo, condición social, religión, filiación política…Lo triste es que sucede en la sociedad, y también en la Iglesia cristiana.
La primera declaración del texto dice, que por la fe en Jesús, "todos ustedes son hijos de Dios". En segundo lugar, ser hijos/as de Dios, es ser "bautizado y revestido de Cristo". La persona que verdaderamente cree y es bautizada, está plenamente identificada y comprometida con el proyecto salvífico de Jesús. Este proyecto, es la reconciliación de todo género humano. Anunciar, encarnar y vivir la Buena Noticia de Jesús.
Esta Buena Noticia dice que todos los seres humanos, son iguales ante Dios. Tiene implicaciones derivadas del texto: "no es cuestión de ser judío o griego". Es decir, no hay barreras de raza y de religión. "Esclavo o libre", en nuestro contexto es que todos los seres humanos somos iguales, independientemente de nuestra condición u status social. Por último "Hombre o mujer", quiere decir que el género, no es una barrera para que impida su plena participación y realización. Estas barreras que se han enumerado, son causadas por el pecado personal, y estructural, potencian las divisiones y las asimetrías en las relaciones de género.
América Latina tiene una larga historia de colonización, de dominación, cultura patriarcal, hegemónica y jerárquica, en que las relaciones humanas, instituciones y sistemas públicos que responden a dichos modelos y se perpetúan, provocando los desequilibrios de poder y privilegio que están en el foco de las relaciones de género, provocando y manteniendo situaciones de múltiples violencias , las cuales crecen exponencialmente.
Los cristianos en su espiritualidad del seguimiento a Jesús, están desafiados a: 1.-Renovar y retomar vivir el pacto bautismal. 2.- Asumir una posición profética, denunciando cualquier forma de injusticia, discriminación, y opresión, tanto internas (comunidades, estructuras de poder dentro de las iglesias, fundamentalismos…), como externas (en el ámbito social, político, gubernamental, etc..)(Ley) .3.- Anunciar la Buena Noticia de Jesús y su justicia, promoviendo la toma de consciencia a esos valores.(Evangelio) 4.- Crear espacios solidarios, donde las personas puedan vivir y compartir su fe con justicia, equidad, y horizontalidad . 5. Buscar y promover el dialogo ecuménico y fraterno, sin distinciones de raza, sexo, religión y condición social. Esta es la base de una espiritualidad cristiana y ecuménica, vivida en el pacto bautismal .